05/10/2022

Nea Digital

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Es un rinconcito luminoso de ese barrio enorme y bonito del norte de la ciudad, el Jardín N° 164 «Directora Emy Elizabeth López» está pegado a la emblemática Escuela 506 en la calle 8 entre 45 y 47.
Llegamos hasta ahí por que nos invitó Vanina, una de nuestras lectoras voluntarias, que además trabaja allí.
Entramos y el techo excesivamente bajo del salón vuelve una casita de cuentos a ese espacio que parece preparado para lecturas como las nuestras.
Afuera un profe de Educación Física hace saltar en unos aros repartidos por el suelo a un grupo de jardineritos.

En algunas salas se escuchan las voces de las seños y sus alumnos.
Acomodamos como de costumbre nuestros libros. Del techo cuelgan unos caramelos gigantes de cotillón que fueron puestos, parece, para agrandar nuestra imaginación de que estamos en una casita de cuento.
De a poco se van incorporando los escuchas menuditos. Preguntan, hablan, cuentan. Tienen una energía contagiosa y la contagian.
Las lectoras ya saben de estas vivencias. Vienen a dar de leer pero se llevan energía y alegría para repartir una semana.
La lectura comienza. Y el encantamiento se apodera del salón de techo bajito y jardineras atentas a cada detalle.

Afuera, el sol parece querer sumarse a la fiesta lectora. Adentro nuestro motivo de visita suma cuentos, poemas y canciones. La lectura es fiesta para esa niñez que gratifica con cariño y atención el esfuerzo de dejar por una o dos horas las obligaciones mundanas de esas mujeres mágicas que encienden la imaginación cada vez que su voces rebotan por paredes y techos de esos templos de la niñez.

El Plan de Lectura Municipal seguirá su marcha no sin antes ver cómo cada seño se entusiasma por mostrarnos lo que hacen con sus niños.
Los jardines de Infantes son el último refugio de una educación que se resiste a perder protagonismo.
Qué viva la lectura y qué vivan los jardines que es decir, casi lo mismo.