28/11/2022

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Con la Reina Isabel II Foto AFP
Con la Reina Isabel II. Foto: AFP

En esa fría noche, la Plaza Roja como siempre era atravesada por un helado viento que ahuyentaba cualquier olvidadizo transeúnte. Sobre la verde cúpula del Palacio del Senado, uno de los edificios emblemáticos del Kremlin, construido en el siglo XVIII, se arriaba lentamente la roja bandera con la hoz y el martillo.

En su lugar, con la misma lentitud, se izó el tricolor ruso, la bandera imperial creada por Pedro el Grande y suplantada en octubre de 1917 por el estandarte rojo con la hoz y el martillo, símbolo del triunfo de la revolución proletaria y campesina de los soviets.

Nadie presenció este histórico momento. Ninguna banda militar envolvió con sus acordes la ceremonia. Ninguna solemnidad. Sólo el frío de una noche negra y prolongada.

Era el 25 de diciembre de 1991… La Unión Soviética dejaba de existir en soledad. Atrás quedaban los heroicos años de la guerra contra el nazifascismo, las epopeyas de los planes quinquenales, el sacrificio de la reconstrucción postbélica… El sputnik, Gagarin, el campo socialista, la conquista de las tierras vírgenes, el BAM: el segundo transiberiano, el racionamiento, los departamentos “komunalkas” y los edificios “jruschovskas”, Fidel en Moscú…

Un solo nombre se asociaba, ese frío fin de año, con ese derrotero: Mijaíl Serguéievich Gorbachov. El secretario general del partido comunista de la URSS más joven de la historia. El impulsivo administrativo del sureño Stávropol. El heredero de Yuri Andrópov, el último poderoso líder soviético hasta su muerte, en 1984, tras un breve intermedio del anciano Konstantín
Chernenko.

En los seis años que duró su poder, Gorbachov pasó desde el pedestal de la enorme popularidad y un indiscutible liderazgo, a la masiva decepción y al intenso desprecio de todos los soviéticos. Él concentró la angustia del desabastecimiento, el caos económico, el desconcierto por la desaparición del campo socialista, la resistencia a la penetración occidental en la cultura,
los hábitos y las costumbres rusas. En realidad, nunca fue aceptado por el ruso común, que lo vio siempre como el que había entregado la URSS a occidente.

En verdad, la Unión Soviética había perdido la guerra fría con el campo capitalista. Como si fuera un cuadro de postguerra, las calles de Moscú y sus alrededores estaban llenas de equipos abandonados, residuos industriales, vehículos detenidos sin neumáticos, edificios abandonados casi en ruinas. En el centro, filas de estoicas mujeres cambiaban algún florero por rublos devaluados o por algún otro bien. Las estanterías de los negocios mostraban el desabastecimiento. Aventureros de ocasión vendían diplomas, “bonos” de la privatización o falsos dólares.

Junto al presidente Reagan Foto AFP
Junto al presidente Reagan. Foto AFP

El furor popular era mayor recordando la estabilidad y la tranquilidad del pasado soviético. En todo el país se sucedían enfrentamientos locales, huelgas, refriegas étnicas. Los ánimos separatistas eran fogoneados por centros occidentales que, como ahora, se planteaban la fragmentación de la URSS en varias republiquetas.

Gorbachov, experimentado “partiini chinovnik” (funcionario del partido), reconocía estos signos pero nunca quiso volver a los métodos represivos de sus antecesores. Lo admitió en una memorable reunión con intelectuales en el Kremlin, poco antes de su caída: “Yo soy el hombre más poderoso de la Unión Soviética. Si quisiera, podría actuar como mis antecesores y liquidar toda esta apertura en un instante”.

Esta conducta le permitió a Borís Ieltsin, un fogoso miembro del buró político del partido comunista, erigirse desde su cargo de secretario del partido en Moscú, en el primer opositor a Gorbachov y armar una cuasi secreta red conspirativa contra el vapuleado líder soviético.

Gorbachov desarticuló la ominosa sociedad burocrática de la URSS, pero no logró convencer a su pueblo de aceptar el estilo de vida occidental pese a la invasión propagandística y “mercadotécnica” de ese occidente.

En la editorial de la estatal Agencia de Prensa Nóvosti yo fui el traductor al español de los numerosos discursos de Mijaíl Gorbachov. Extensos, estériles intentos de explicar los cambios estructurales que proponía el todavía secretario general del partido comunista ruso. Todas sus intervenciones eran rápidamente editadas en todos los idiomas por la Editorial APN.

Su proclamada “glásnost” (transparencia) fue enfrentada rabiosamente por la burocracia partidaria, que veía en ella la revelación de sus ocultas riquezas, de sus grandes villas, de sus vicios, la apertura a una crítica sin tapujos de su corrupción y el final de sus desmesurados privilegios.

La «perestroika»

Con su convocatoria a la “perestroika” (reconstrucción) Gorbachov pretendía transformar la anquilosada economía soviética, abrumada por los presupuestos militares, en una pujante economía del bienestar a imagen y semejanza de su admirada Europa occidental.

Los soviéticos no estaban preparados para afrontar esos cambios con la celeridad que requería el proceso de destrucción del régimen. En aquellas épocas finales, la consigna popular dirigida a los dirigentes del estado era: “ustedes hagan de cuenta que nos gobiernan, que nosotros hacemos de cuenta que trabajamos”…

En previsión de lo que ya veía venir, Gorbachov y sus seguidores conformaron en la Academia de Ciencias Sociales del partido comunista, equipos que comenzaron a trabajar en programas alternativos. En el enorme edificio de la Avenida Leningrad, con aquellas clásicas columnas falsas en su fachada tan característica de la arquitectura oficial, jóvenes de institutos como el tecnológico “Bauman” (símil soviético del MTI), el “Plejánov” de economía o el Instituto Moscovita de Relaciones Internacionales, comenzaron a planificar la nueva sociedad postsoviética.

La dirigencia de Gorbachov instaló nuevos conceptos de política internacional que permitieron apartar al mundo de la catástrofe nuclear y liquidar las relaciones de guerra fría entre el Kremlin y sus “socios” exteriores. Gorbachov promovió estos nuevos aires en sus negociaciones de desarme con los presidentes norteamericanos Ronald Reagan y George Bush (padre) y en las habituales reuniones con el canciller alemán Helmut Kohl o la primer ministra británica Margaret Thatcher.

Hacia adentro, la situación era catastrófica. La colapsada economía soviética no era reemplazada por ninguna nueva estructura medianamente coordinada. Una alianza entre los funcionarios soviéticos y partidarios y los nuevos dirigentes de la “perestroika” impuso un plan de privatización universal que facilitó a los “instructores” del comité central del PCUS, a los directores de los grandes consorcios económicos estatales y a los avispados burócratas del aparato central del gobierno, apoderarse de las principales compañías, los yacimientos más productivos, los bancos con mejores finanzas.

Vista del Kremlin
Vista del Kremlin

En el pueblo ruso, el principal culpable de su acelerada ruina fue Mijaíl Gorbachov. En junio de 1991, Gorbachov propuso un nuevo acuerdo entre las repúblicas soviéticas, destinado a salvar la unión, de la que ya se habían desmembrado las bálticas Estonia, Letonia y Lituania en el marco de un cruento enfrentamiento con tropas federales. El primero y último presidente de la URSS obtuvo en el correspondiente plebiscito la aprobación para reemplazarla por la Unión de Repúblicas Europeas y Asiáticas.

Encarcelamiento y vuelta a la “tradicional” Unión Soviética

En agosto, Gorbachov fue apresado mientras descansaba en el Mar Negro y en Moscú un grupo de altos funcionarios soviéticos asaltaba el poder y proclamaba el retorno a la “tradicional” Unión Soviética. La reacción popular fue muy significativa. Grandes manifestaciones rodearon los tanques de los golpistas y auparon a los nuevos dirigentes liderados por un desorientado
Borís Ieltsin. Nadie salió a las calles en defensa del presidente prisionero en el sur. Cuando Gorbachov volvió a Moscú, quien dirigía el país ya era Borís Ieltsin.

Boris Yeltsin
Boris Yeltsin

En diciembre de ese año, en secretas reuniones entre los presidente de Rusia, Boris Ieltsin, Bielorrusia, Stanislav Stankevich y de Ucrania, Leonid Kravchuk, se resolvió disolver la URSS y se proclamó la autonomía e independencia de esas exrepúblicas soviéticas. La nueva Unión había muerto antes de nacer. El 25 de diciembre de ese año Mijaíl Gorbachov se rendía a los amotinados presidentes sin animarse a reprimirlos como aconsejaban sus allegados.

A partir de ese momento, el jubilado mandatario, despojado de todos sus cargos, se refugió en su flamante Fundación, a la que las autoridades de la “independizada” Federación Rusa le habían dejado el gran edificio de la Leningradskii Prospekt. Gorbachov se convirtió en la más evidente contradicción entre la sociedad soviética tallada en la mentalidad de la mayoría de sus miembros, y el mito occidental del bienestar que alimentaba a las más jóvenes generaciones de esa misma sociedad.

Gorbachov sufrió el odio y el ostracismo interior y gozó de la fama y consideración internacional. Todavía suponía que ese prestigio mundial le permitiría consolidar una imagen política favorable en Rusia. Fundó partidos y asociaciones socialdemócratas y lanzó periódicos. Nada funcionó. Sus viejos asesores fueron abandonando paulatinamente la Fundación para convertirse en asesores de las grandes empresas y bancos. Sus nuevos partidarios avanzaron mucho más allá de las tibias pretensiones de su líder y se volcaron a las huestes victoriosas de Borís Ieltsin, saqueadoras inescrupulosas de la economía soviética.

En 1996 Gorbachov presentó su candidatura en las elecciones presidenciales. Obtuvo el 0,5% de los votos… Durante un tiempo, el frustrado presidente soviético se paseó por el mundo dando conferencias y explicando lo inexplicable: cómo una de las grandes
potencias mundiales había desaparecido del mapa y en su lugar había quedado un país con “influencias regionales”, como definieron a Rusia en la Unión Europea y en la OTAN.

En 1992, en la Fundación Gorbachov se planteó la posibilidad de organizar una gira por América Latina. En noviembre de ese año, el viaje se concretó y Gorbachov fue recibido con honores en Argentina, Chile, Brasil y México. Se reunió con presidentes, dictó conferencias y recibió títulos honoris causa en las universidades de la región. La Fundación no reclamó honorarios como los recaudados en similar gira por los Estados Unidos: dos millones de dólares. Pero en medio de ciertas tensiones por el cobro, recaudó unos 300.000 dólares que, como todos los anteriores honorarios, fueron destinados a obras de beneficencia en Rusia.

Las negociaciones preliminares a la gira fueron duras y complicadas por las exigencias de la Fundación en cuanto a niveles de reuniones, calidad de alojamiento, tipos de transporte, etc. Los representantes de la Fundación ya mostraban algunas de las características que luego condujeron al quiebre de la organización. En cualquier caso, Gorbachov no participaba de estas
discusiones.

Cuando la ola de curiosidad y las expectativas por sus declaraciones disminuyeron y luego de su frustrada participación en las elecciones de 1996, Gorbachov y su amada Raia redujeron su actividad a diversas acciones de beneficencia y relaciones públicas y a la serena vida en Bavaria. Luego de que en 1999 muriera Raia, con la que compartió sus últimos 46 años de vida, Gorbachov vendió su villa en Alemania y se radicó en la casa que, después de su renuncia, el gobierno le había otorgado en Kalchuga, una aldea cercana a Moscú.

Hasta el final de su vida, Gorbachov mantuvo su actividad política a través de entrevistas, declaraciones o artículos. Fue uno de los que respaldó los inicios del presidente Vladímir Putin, con el que finalmente se distanció, disconforme con el estilo autoritario del jefe del estado. En una de sus raras presentaciones en público, ante los estudiantes de la Escuela de Economía de la Universidad de Moscú, Gorbachov se franqueó: “Intenté conservar la Unión Soviética pero no supe hacerlo… Creo que por
eso soy responsable. Nadie me sacó del trabajo, yo me fui solo porque no pude con él”.

Tan contradictorio como la propia época en que le tocó vivir, Mijaíl Serguéievich Gorbachov ocupa un lugar extraordinario en la historia contemporánea. Instaló en el mundo la posibilidad de una convivencia pacífica entre diferentes sistemas socioeconómicos y condujo a su destrucción al que él representaba. Promovió la transparencia pero no pudo imponerse a la corrupción que terminó devorándoselo. Es respetado por los tratado de paz atómica que firmó y es despreciado por haber “entregado” la URSS a los imperialismos occidentales…

El gran punto crítico de la historia.